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Antonio Vázquez, apoderado
Hablaba despacio, pensaba rápido. Conocía la picaresca pero escogía el camino de la pureza. Galán, con un sentido del humor muy fino. Con un amor al toro por encima de todo. Antonio se ha ido en acto de servicio. Viajando al campo, donde además de paz y preocupación encontró la felicidad de sentirse realizado.
Ser apoderado es saber lidiar con los sinsabores, con los fracasos, con los triunfos, con los aduladores, con la cuadrilla, con las envidias y con las incomprensiones. Ser apoderado es defender al torero por encima de intereses personales. Potenciar las virtudes del matador, arroparle en los momentos bajos, exigirle cuando pueda dar más, guardar silencio y pronunciar la palabra exacta que le aporte confianza en el momento que tambalee. Antonio Vázquez era el paradigma del apoderado. Interiorizó tanto la profesión que supo tratar como nadie a los toreros.
Sabía que el éxito de sus toreros empezaba meses antes en las dehesas. Logró ser un virtuoso como veedor: En la búsqueda continua del toro ideal con el que pudieran expresar todo lo que llevaran dentro. Analizaba las características y la expresión de cada toro que llegaba a fijarse en lo que muchos ganaderos ni habían reparado. Minucioso en sus observaciones. Encontraba soluciones, buscaba las vueltas, defendía con elegancia sus intereses sin avasallar. Trabajó como veedor de algunas empresas, especialmente vinculado a Simón Casas pero siempre prefirió seleccionar al toro pensando que su torero se iba a poner delante. Aprendió el oficio de los Dominguín y hablaba maravillas de Pablo Lozano como gran sabio del campo.
Sus compañeros de oficio le consideraron el mejor. Por esa seriedad, por ese buen criterio, se ganó el respeto de toda la profesión. Era espléndido con los mayorales a espaldas de los ganaderos. También porque supo ser yunque antes que martillo.

Poseía un exquisito concepto del toreo heredado de su padre, Sixto que a su vez era un furibundo partidario de Paula. El orgullo que sentiría desde donde ahora se hayan reencontrado al ver como su hijo cogió las riendas durante cuatro años del genial artista jerezano. Paula encontró en Antonio la calma a sus tormentos, la confianza de un taurino seguro, con capacidad para decir que no aunque la necesidad apretase.
Gregorio Sánchez vio sus cualidades como apoderado, después de bordar el lanzamiento de Rivera Ordóñez, y le empezó a proveer de talento. Los alumnos aventajados de la escuela de Madrid iban cayendo en sus manos. Matías Tejela, César Jiménez, Iván García y más adelante se uniría con Alberto Aguilar a quién había conocido con 12 años en aquella época de tanta vinculación con la escuela.
Una cornada terrible en Cali sentenció a Aguilar en el estreno del apoderamiento. Los médicos dudaban que pudiera volver a andar. Antonio le hizo jurar al mozo de espadas que no diría nada hasta llegar a España para mantener la moral alta a Alberto. Al aterrizar en Barajas le dijo que no había tiempo de pasar por casa que ya le tenía concertada una cita con García Padrós, consciente de la gravedad de la lesión y de la solvencia profesional y personal de Padrós a la hora de transmitir una noticia así. Lucharon el tiempo que Alberto pudo, con una superación heroica y lidiando con esas corridas tan difíciles hasta su retirada.
“No dejes escapar la de Jandilla para Sevilla, se lidie cuando se lidie”
Recordaba entonces con añoranza los años junto a su hermano Curro con quién tan mal lo pasaba y al mismo tiempo tanto le emocionada y con Antoñete, su amigo del alma. También les apoderó a los dos. Se sintió absolutamente realizado con Pablo Aguado en quién confió por el buen ojo de su hijo Fran desde novillero. Ha pasado más de una década a su lado, con situaciones muy diversas pero con la meta conseguida de haber alcanzado la cima del toreo y lo que es más difícil: haberse mantenido.
Los viajes interminables le trajeron lesiones de espalda que le obligaron a dejar de montar a caballo -su otra gran pasión-. Tenía ahora la ilusión de inculcar el campo a sus nietos por lo que se había hecho con una punta de vacas mansas que tenía en la sierra de Madrid.
Su afán por ser el primero en conocer las camadas más codiciadas del campo le llevó a viajar a Andalucía cuando todavía ni siquiera había doblado el mes de octubre. Lo hacía tras haberse reafirmado el trabajo del invierno pasado cuando en noviembre le dijo a su hijo: “No dejes escapar la de Jandilla para Sevilla, se lidie cuando se lidie”. Supuso la segunda Puerta del Príncipe de Aguado. Diez meses después de enamorarse del encierro en el campo, de visitarla seis veces, de darle mil vueltas en su cabeza y en su libreta.
Hablaba despacio, pensaba rápido. Conocía la picaresca pero escogía el camino de la pureza. Galán, con un sentido del humor muy fino. Con un amor al toro por encima de todo. Antonio se ha ido en acto de servicio. Viajando al campo, donde además de paz y preocupación encontró la felicidad de sentirse realizado.